2018-08-01

Fortuño de Vizcarra



Todo comenzó en un pequeño pueblecito de la Ribagorza, llamado Riguala, en el magnífico Pirineo aragonés. Allí vivía Fortuño de Vizcarra, junto a su querida esposa Gisberta y su adorado hijo…su Martinico del alma. Fortuño era pobre, pero era feliz, porque junto a él tenía a los que más quería. Fortuño pasaba largas y duras jornadas en la montaña con sus perros, cazando animales, que eran el suministro familiar. Pero todo este esfuerzo se veía recompensado cuando volvía a casa, allí Fortuño recibía una recompensa de incalculable valor, y esta no era otra que la sonrisa de su esposa y la cara de admiración de Martinico cuando veía la caza. Pero había algo que inquietaba al bueno de Fortuño. Las gentes comentaban que los moros estaban cada vez más cerca. Se decía que se habían hecho fuertes en Huesca, convirtiendo la catedral de San Pedro en mezquita, y que amenazaban con cruzar la sierra de Guara, asolando todo lo que encontraban a su paso. Sin embargo, nadie pensaba que los moros podían llegar hasta las montañas. Nadie, hasta el año 721, cuando el terrible Ben-Awarre comenzó sus incursiones por tierras ribagorzanas. Inútilmente, los montañeses habían intentado plantarles cara a estas huestes que sembraban el dolor en sus correrías. Se presentaban de repente en nutridas bandadas en cualquier pueblecillo, y cuando de los lugares vecinos querían acudir en su ayuda, ya habían huido los moros, después de haber pasado a cuchillo a todos los hombres, haber incendiado las casas y raptado a mujeres y niños. El factor sorpresa estaba con ellos, y era imposible saber cuál sería la siguiente víctima.

En una tarde de verano por el Tosal del Sil, Fortuño se dispuso a pernoctar en la sierra, tras una atareada cacería. Pero su mirada se quedó congelada repentinamente, al iluminarse a lo lejos el monte, con el fulgor inconfundible de un incendio. No cabía duda: su pueblo, Riguala, estaba ardiendo. Y entre el fuego, seguro, estaban todos luchando a vida o muerte, también su mujer con su hijo.

Sin pensarlo ni un momento echó a correr monte abajo. La ansiedad y el coraje ponían alas en sus pies, que casi ni rozaban los matorrales y pedruscos al correr. A la entrada del pueblo, una algarabía confusa que salía por entre la espesa humareda lo envolvía todo. Gritos de triunfo en lenguas extrañas por un lado, y alaridos de dolor por otro, se clavaban en el alma.


Fortuño llegó a su casa, y allí, en un rincón, encontró abrazados y horrorizados a Gisberta y Martinico. Los cogió apresuradamente y los montó en una mula, y entre gritos y golpes logró abrirse paso entre la morisma y salieron del poblado. Los tres se dirigieron hacia Roda, el pueblo más fuerte y mejor amurallado, en el que además vivían su madre y su hermana.

Pero Roda también había sido saqueada, los pocos que quedaban vivos se apretujaban en la catedral, encogidos y atenazados por el pánico. 
Allí dejo Fortuño a su mujer y a su hijo y fue en busca de su madre y su hermana. Buscó habitación por habitación de la casa, y allí encontró el cadáver de su anciana madre, de su hermana no había ni rastro. 
Sollozando se llevó el cuerpo del ser querido a la iglesia, pero allí ya no había nadie. Fortuño empezó a buscar a Gisberta y Martinico, casi sin ver por la rabia y llamandolos a gritos.

Inesperadamente, en la oscuridad se tropezó con algo, era un cuerpo, y era el cuerpo de Gisberta, desgarrada y moribunda, que en medio de su agonía decía: “Aparta maldito, que aunque sea mujer, te mataré con tu alfanje por haber estrellado a mi Martinico contra la roca”. Momentos después fallecía en brazos de Fortuño.
Ni una sola lágrima regó el suelo en la noche ya calmada y silenciosa, mientras Fortuño enterraba a lo que más quería. Los puños y los labios le dolían de tanto apretar, y sus ojos, de mirada encendida, compitieron con los millones de estrellas testigos de la tragedia.

Los montañeses son pacíficos y odian la violencia. Sólo cuando alguien se mete con su casa, su familia, su fe, parece despertar en ellos el duro y terrible luchador que se ha curtido en una naturaleza áspera y hostil.

Por las sierras de Sil, de Campanué, de Olsón, corre la fama de un terrible bandolero. Las gentes del lugar murmuran que posee tal fuerza y musculatura, que hasta los osos, reyes de la montaña, temen enfrentarse a él. Dicen que es un cristiano que odia a muerte a los invasores de su patria. Se le atribuyen crueldades sin cuento y los moros lo llaman el almogávar, el salteador de caminos.

Es Fortuño de Vizcarra, al que se van uniendo otros muchos aguerridos montañeses. Aquí comienza la historia de unos legendarios guerreros, la historia del ejército más temido del Mediterráneo…aquí comienza la historia de los almogávares.

Fuente: "Leyendas del Pirineo, para niños y adultos", Rafael Andolz

2018-07-17

La ESPAÑOLADA de la Catedral del Mar

   Cuentan que en el cine acabó de instaurarse el término ESPAÑOLADA en los años 60 cuando algunas compañías nacionales pretendían emular a las grandes superproducciones de Hollywood, quedándose todo después del estreno en un intento infantil ,tan entrañable como mediocre.
Y así es como definiría como espectador la serie de la Catedral del mar. Y más, después de la aparición en la misma(o no) de los tan esperados almogávares.
No voy a mencionar que el argumento principal me suena demasiado a Los Pilares de la Tierra. Que el supercomienzo con derecho de pernada a lo bestia ni siquiera es histórico. En los continuos errores de vestuario, ambientación etc etc. Y eso que detrás de cada capítulo nos regalan de propaganda un "Programa Justificación) con supuestos especialistas para convencernos del supernivel con que han hecho  todo.

A nosotros nos interesaban los almogávares. No habían hecho nada desde el Tirant lo Blanc.
Los esperabamos ansiosos, a ver qué podíamos aprender.
Y finalmente es esto lo que vimos.

http://almogavares.foroa.org/t2574-la-espanolada-de-la-catedral-del-mar#41588


2018-06-02

- Diorama Almogávar del El Bandoler Lle Paire


  Parece mentira que se pueda condensar tanta historia en algo tan pequeño como es una miniatura.

  Doble motivo para considerar un artista a quien es capaz de conseguir este efecto.
  Os traemos un excelente trabajo, tanto por su fidelidad histórica del vestuario reproducido como por la exposición de las armas de época. 
  Un diorama almogávar del reconocido miniaturista  Cesar G.S , más conocido entre los seguidores de esta afición como El Bandoler Lle Paire.

 más vistas del diorama

2018-05-22

Una LEYENDA sobre EL ORIGEN de los ALMOGÁVARES:


LA LEYENDA DEL ORIGEN de los ALMOGÁVARES:

Extraido de 
GUTIERREZ LERA, "Breve inventario de Seres Mitológicos Fantásticos y Misteriosos de Aragón" :

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"Alfonso I, llamado El Batallador, pasó buena parte de su infancia al cuidado de los monjes del Monasterio de San Pedro de Siresa. Un día, armado con su arco y sus flechas, de los que no separaba nunca, salió en compañía de otros muchachos hacia los parajes conocidos como la Boca del Infierno, en la Selva de Oza. De entre la maleza surgió un "onso" enfurecido y todos huyeron, menos el pequeño infante, que tenía fama de no asustarse de nada ni de nadie. Con una calma impropia de sus años, tensó la cuerda y lanzó la flecha apuntando al cuerpo del animal, erguido imponente sobre sus dos patas. El venablo no llegó a herir de muerte al "onso", pero lo enfureció aún más, y avanzó contra Alfonso. Paso a paso, sujetando en su mano un cuchillo, el muchacho retrocedía de espaldas al precipicio. De repente, perdió pie y cayó, pero pudo agarrarse a duras penas en unas ramas. El "onso" estaba a punto de darle un zarpazo mortal cuando unas piedras silbaron en el aire. Una, otra, otra más, todas las piedras hacían blanco en las zonas más vulnerables de la fiera, en los ojos, en los belfos, en la sien. Se tambaleaba aturdido, sangrando, cuando surgidos de la nada aparecieron unos hombres que parecían salvajes, vestidos con zamarras de piel de "craba", armados con enormes "gayatas, estrales" (bastones o palos, hachas) y cuchillos, rodeados de fieros mastines, y se avalanzaron contra el animal, derribandolo y cosiéndolo a cuchilladas. Eran los pastores de la Bal d'Echo que salvaron al principe Alfonso. Cuenta la leyenda que años más tarde, el rey se rodeó en todas sus batallas de unos fieros guerreros de las montañas pirenaicas conocidos como los Monteros Reales de Don Alfonso El Batallador, y cumplió así la promesa que les hizo a los pastores chesos a los que les debía su vida"

2017-11-17

ALMUGÁVARES La sombra de la Corona

Acaban de informarnos de la aparición de una nueva obra sobre la historia de los almogávares del autor Chusé Bolea Robres.
 descarga libre
http://almogavares.foroa.org/t2547-almugavares-a-la-sombra-de-la-corona

2017-05-18

- Panoplia de las mujeres almogávares de Galípoli

.Está recogida en la Crónica de Muntaner, la descripción del esquipo que se entregó a las mujeres almogávares para que defendieran la ciudad fortificada de Galípoli.

Es un equipo convencional, que figuraba, según el cronista, en abundancia en los almacenes de la Gran Compañía, fruto probablemente de sus saqueos al ejército bizantino.
Con él combatieron y vencieron auqellas sufridas mujeres hace justo 710 años.


Sucedió hace 710 años en Galípoli, una ciudad griega fortificada situada en una península frente al mar de Mármara en la actual Turquía.
La Gran Compañía Almogávar la había convertido en su guarida oficial cuando quedó huérfana de su caudillo Roger de Flor el año anterior. Este había sido asesinado junto a la mayor parte de su cuadro de mando en un banquete en palacio, y  a manos de unos mercenarios alanos, pagados por el propio emperador.
Así murieron todos, borrachos y desarmados, a oscuras, con el cuello cercenado a traición, mientras les estaban escanciando vino, y hermosas bailarinas desnudas  danzaban  con gesto serio al son de una música de fondo, que no cesó hasta bien terminada la escabechina.
Muchos meses después, la hueste, arrinconada y olvidada a su suerte, abandonaba eventualmente  su refugio de Galípoli para ir a ajustarles las cuentas a aquellos alanos. Una expedición más de venganza y castigo propia de las circunstancias, pues había que hacerse valer para poder sobrevivir.
Ya para entonces eran demasiados los enemigos que acumulaban. Y cuando apenas hacía unos días que por el horizonte se perdieron las galeras con todos los hombres de la Compañía, por el mismo camino aparecieron nuevos barcos. Esta vez el emperador les mandaba mercenarios genoveses. Aviesos  y elegantes, a lo mejor aún se acordaran de cuando la Compañía saqueó y prendió fuego, allá en Constantinopla,  al barrió genovés de Pera, la misma noche de las nupcias del pirata Roger de Flor con la princesa de Lantzara. En mal momento llegaban los vistosos y gesticulantes genoveses, a bordo de veintiocho galeras, pues tras las murallas, sólo quedaban cien almogávares y seis caballeros. Los demás eran ancianos, inválidos, mercaderes, y la numerosa  prole de los almogávares al cuidado de dos mil mujeres.
Eran estas últimas las curiosas hembras que acompañaban en sus andanzas a la Compañía. El cronista las divide en tres clases. Las “amigas”, las esposas, y las “fembres de les Armes”
Y hubo que reclutarlas a todas. Armarlas, y distribuirlas por la muralla.
Lo que siguió es el típico trajín de un asedio heroico con intentos de pactos, propuestas de rendición, salidas suicidas y aguerridos asaltos.
Para que mantuvieran el brío les repartieron toneles de vino a cada tramo de barbacana. Y allí estaban ellas, arrojando piedras y cantals. Despojándose de la coraza para amamantar. Repeliendo los ataques, desplomando las escaleras que intentaban apoyar los asaltantes, arrancando garfios, atendiendo heridos y adoptando de inmediato a los hijos de las que caían. Por quedar las aspilleras a la altura de la cara, a muchas les desfiguraron el rostro para siempre.
Hacía calor, el sol del mes de julio caía impune sobre las armaduras de los genoveses.
Y los pocos almogávares y marineros que quedaban hicieron una salida sorpresa prácticamente desnudos, armados sólo con cuchillos y lanzas. Y desbarataron la primera línea genovesa matando a su capitán el tal Spíndola , y a su lugarteniente, el tan Bocanegra.
Se replegaron los sitiadores perseguidos por los habitantes de Galípoli. Hubo rendiciones y supervivientes. Las mujeres custodiaron seiscientos genoveses apresados y los más afortunados abandonaron en sus naves a toda prisa la playa, el malecón y el puerto de la ciudad sitiada.
No tardaron en regresar a Galípoli, tal vez alertados de antemano, el grueso de la Compañía que había terminado de ajusticiar a su manera a los magnicidas  alanos. Al llegar se encontraron  con las evidencias, las muestras y el postrero relato de los asaltos sufridos.
Es difícil penetrar en la mente de aquellos almogávares y de sus hembras. Tal vez podamos intentar comprenderlos al conocer la petición que los recientes viudos le exigieron a Ramón Muntaner, gobernador de la plaza e intendente de la Compañía, de que ejecutaran a dos genoveses por cada mujer almogávar muerta en combate.
Muntaner se negó.
De ninguna manera.
¡Cómo que dos genoveses por cada mujer! Y dio orden de que se ejecutara a todos los prisioneros. 
Ese, consideraron, era el precio de sus mujeres.