I. Nacido entre peñas y juramentos de vasallaje
Ferran Ximénez d’Arenós surgió de esa estirpe de hombres que parecían tallados en la piedra viva de Aragón.Ricohombre aragonés, familia noble y guerrera. Estirpe de frontera.
El noble aragonés y hombre de confianza de Jaime I el COnquistador fue su padre Blasco Jiménez de Arenós. Y su madre Alda Ferrández Aba-Omahet, también conocida como Alda de los Almohades, aristócrata musulmana convertida al cristianismo. Hija del último gobernador almohade de Valencia, el gran Zayid Abud Zayd ((Baeza, 1195-Valencia, 1268).
Este es su sello en el que e reconoce como nieto del MIRAMAMOLÍN (Navas de Tolosa)
+ S ZEYT ABU ZEIT NIETO DE MIRALMOMENIN
En 1232 en Teruel , su abuelo juró vasallaje al Rey Aragonés y se bautiza como cristiano en la Catedral turolense de Santa María de Media Villa, en la misma pila bautismal por la que por nacimiento pasaría también nuestro futuro jefe almogávar,... Ferrán.
Sí, la frontera como medio de vida. En ella crece Ferrán hasta que se hace con una hueste —de unos cincuenta hombres, quizá más— la mayoría almogávares.
Poco se ha recopilado de sus comienzos guerreros, pero su oportunidad vendría fuera de aquellas sierras
II. La Gran Compañía y el ascenso de Roger de Flor
Cuando Roger de Flor reunió a los almogávares para marchar al Imperio Bizantino, Arenós se unió sin dudar.
La Compañía era un imán para hombres como él: soldada alta,botín abundante,ibertad absoluta,y la posibilidad de escribir su nombre en la historia a punta de lanza.
Roger de Flor, con su carisma, supo ver en Arenós a un jefe fiable, disciplinado y feroz, que se sabía manejar entre almogávares desde niño. No era un aristócrata, hijo de aristócratas, era un joven señor de la guerra
Durante meses, Ferran cumplió con su deber:saqueó Tracia,hostigó a los turcos,
y mantuvo a raya a los nobles bizantinos que miraban a los almogávares como si fueran lobos dentro de un palacio.
Pero entre ambos hombres —el megaduque y el jefe almogávar— empezó a crecer una sombra alimetada por los continuos excesos de la Compañía, asesinato de civiles, torturas, violaciones...
III. El desencuentro: orgullo contra ambición
Las fuentes son escasas, pero la tradición almogávar conserva un eco claro:
Arenós no toleraba que Roger de Flor tratara a la población peor que si fueran esclavos
Los almogávares eran libres. Según sus normas no escritas podían marcharse cuando quisieran de la Compañía.
No aceptaban cadenas, ni siquiera de oro.
Roger, en cambio, cada vez actuaba más como un príncipe bizantino:exigía obediencia,imponía castigos, y reclamaba botín para sí y para sus nuevos aliados.
Arenós, que había visto a demasiados jefes convertirse en tiranos, empezó a gruñir entre dientes.
Su hueste lo escuchaba.
El episodio decisivo llegó tras una disputa por el reparto del botín en una campaña contra los turcos.
Roger de Flor, irritado, habría acusado a Arenós de insubordinación.
Arenós, con la calma de los hombres que ya han tomado una decisión, respondió:
“Nosotros no somos tus siervos. Somos almogávares, y nos licenciamos de tu mando.”
IV. La ruptura: Arenós abandona la Gran Compañía
La mañana siguiente, Ferran Ximénez d’Arenós reunió a sus hombres.
No hubo discursos.
Solo una frase:
“Nos vamos.”
Poco se ha recopilado de sus comienzos guerreros, pero su oportunidad vendría fuera de aquellas sierras
Cuando Roger de Flor reunió a los almogávares para marchar al Imperio Bizantino, Arenós se unió sin dudar.
La Compañía era un imán para hombres como él: soldada alta,botín abundante,ibertad absoluta,y la posibilidad de escribir su nombre en la historia a punta de lanza.
Roger de Flor, con su carisma, supo ver en Arenós a un jefe fiable, disciplinado y feroz, que se sabía manejar entre almogávares desde niño. No era un aristócrata, hijo de aristócratas, era un joven señor de la guerra
Durante meses, Ferran cumplió con su deber:saqueó Tracia,hostigó a los turcos,
y mantuvo a raya a los nobles bizantinos que miraban a los almogávares como si fueran lobos dentro de un palacio.
Pero entre ambos hombres —el megaduque y el jefe almogávar— empezó a crecer una sombra alimetada por los continuos excesos de la Compañía, asesinato de civiles, torturas, violaciones...
Las fuentes son escasas, pero la tradición almogávar conserva un eco claro:
Arenós no toleraba que Roger de Flor tratara a la población peor que si fueran esclavos
Los almogávares eran libres. Según sus normas no escritas podían marcharse cuando quisieran de la Compañía.
No aceptaban cadenas, ni siquiera de oro.
Roger, en cambio, cada vez actuaba más como un príncipe bizantino:exigía obediencia,imponía castigos, y reclamaba botín para sí y para sus nuevos aliados.
Arenós, que había visto a demasiados jefes convertirse en tiranos, empezó a gruñir entre dientes.
Su hueste lo escuchaba.
El episodio decisivo llegó tras una disputa por el reparto del botín en una campaña contra los turcos.
Roger de Flor, irritado, habría acusado a Arenós de insubordinación.
Arenós, con la calma de los hombres que ya han tomado una decisión, respondió:
“Nosotros no somos tus siervos. Somos almogávares, y nos licenciamos de tu mando.”
La mañana siguiente, Ferran Ximénez d’Arenós reunió a sus hombres.
No hubo discursos.
Solo una frase:
“Nos vamos.”
Y se fueron. Sin traición, sin violencia, sin esconderse.
Porque cualquier almogávar podía abandonar la Compañía cuando le diera la gana, y Arenós lo hizo con la dignidad de un jefe que no acepta órdenes que contradicen su honor.
La marcha de Arenós fue un golpe simbólico.
No debilitó militarmente a la Compañía, pero sí mostró que Roger de Flor empezaba a perder el control sobre los hombres que lo habían llevado a la gloria.
V. El Duque de Atenas: un nuevo señor, una nueva guerra
Arenós y su hueste cruzaron tierras griegas hasta presentarse ante Guy II de la Roche, duque de Atenas.
El joven duque, rodeado de enemigos y necesitado de guerreros, los recibió como quien recibe a un grupo de leones.
Los almogávares de Arenós se convirtieron en su guardia de choque:rápidos,silenciosos,brutales,y absolutamente fieles mientras se les pagara bien.
Porque cualquier almogávar podía abandonar la Compañía cuando le diera la gana, y Arenós lo hizo con la dignidad de un jefe que no acepta órdenes que contradicen su honor.
La marcha de Arenós fue un golpe simbólico.
No debilitó militarmente a la Compañía, pero sí mostró que Roger de Flor empezaba a perder el control sobre los hombres que lo habían llevado a la gloria.
Arenós y su hueste cruzaron tierras griegas hasta presentarse ante Guy II de la Roche, duque de Atenas.
El joven duque, rodeado de enemigos y necesitado de guerreros, los recibió como quien recibe a un grupo de leones.
Los almogávares de Arenós se convirtieron en su guardia de choque:rápidos,silenciosos,brutales,y absolutamente fieles mientras se les pagara bien.
El duque los empleó en campañas contra señores rebeldes, en escaramuzas contra los francos y en la defensa de fortalezas donde el viento del Ática silbaba entre almenas rotas.
Pero..., hubo problemas conlas pagas. Y acabose la fidelidad.
Muerto Roger de Flor, y tras vagar por distintos lares, la hueste de Ferrán retorna a la Compañía para participar en la Gran Venganza.
Se enemistó con Berenguer de Rocafort y se unió al bando de Berenguer de Entenza. Cuando Entenza es asesinado vuelve abandonar la Compañía. Solicita servicio al emperador de Bizancio que lo recluta y le otorga al otrora joven turolense que se inició en la razias con la frontera valenciana el título de Megaduque. El mismo que concedió a Roger de Flor. Y también la mano de su hija la princesa Teodora.
Arenós, lejos de la sombra de Roger de Flor, volvió a ser lo que siempre había sido:
un jefe libre, un guerrero sin ataduras, un hombre que respondía solo ante su propia conciencia.
Murió en un castillo ateniense, como un noble bizantino más. Lejos de sus sierras aragonesas, y rodeado de sus últimos almogávares, tal vez algún dia se descubra su tumba en el interior de alguna iglesia ortodoxa.
Pero su gesto —abandonar la Gran Compañía por honor— quedó grabado en la memoria almogávar como un recordatorio de que estos hombres, por muy feroces que fueran, tenían en ocasiones un código más rígido que el acero de sus azconas.
Arenós fue, en esencia, lo que todos los almogávares aspiraban a ser:
libre.




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