Pedro III nunca dirigió ninguna campaña en Bizancio, en realidad tras ver como sus expectativas en la península se podían dar por finalizadas al no quedar más porciones de tarta que repartir, lo que hace es lanzarse a una especie de cruzada particular contra las tierras del norte de África, por lo que sería la actual Túnez. Para ello pide el apoyo de Roma, pero lógicamente con la manía que le tenían le dicen que de ayuda nada. Además el papa, al que no se le escaba una, se da cuenta que lo que el excomulgado Pedro III pretendía no era liberar nuevos reinos para mayor gloria de Dios, sino que lo que busca en realidad es, quizás confabulado con el emperador bizantino Miguel VIII, acercar sus ejércitos al sur de Italia, para desde allí lanzar un ataque contra los intereses franceses en Sicilia. Pero en éstas que los sicilianos, y seguramente que también con la mano de Miguel VIII por detrás, se levantan contra los de Anjou en lo que se conoce como las Vísperas Sicilianas. Todo esto acabará con la expulsión de los ejércitos de Francia, de los Anjou y del papado, y con la coronación de Pedro III como rey de la isla.

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